LO CIERTO DE LO INCIERTO

CIENCIA Y TCI

Cuando Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono en 1.876, demostró ante la comunidad científica de su tiempo cómo dos personas podían comunicarse verbalmente a través de un hilo telefónico, uno de estos científicos que fue testigo del experimento se acercó a Bell y le preguntó: "Muy bien Sr. Bell, es un artilugio curioso... ¿pero, para qué sirve?...

Si hoy le preguntáramos a un niño, aun de corta de edad, para qué sirve el teléfono seguro que nos miraría con cara de pensar que, o somos tontos, o estamos locos...

Graham Bell no era un científico en el sentido estricto del término. Se había formado en fonética y trataba de enseñar a personas sordomudas a comunicarse por signos. La invención del teléfono fue como consecuencia de los medios técnicos que él estaba buscando para conseguir fabricar un aparato que paliara la sordera, una especie de "oido artificial". Cuando descubrió la posibilidad de la comunicación con la voz a distancia comprendió el enorme futuro que su invento tendría... pero se encontró, en principio, con las mentes cuadriculadas de algún que otro científico formado por un empirismo racionalista a ultranza que le incapacitaba para comprender el alcance de otras posibilidades y alternativas a la deducción lineal y lógica.

Cuando Lavoisier, afirmó solemnemente, aportando para ello la lógica de unas premisas que parecían que no tenían discusión, que era imposible que cayeran piedras del cielo, ya que en el cielo no habían piedras, sin conocer la naturaleza del fenómeno de los aerolitos y meteoritos, o la afirmación, aparentemente incontroversible en Física, de que nada más pesado que el aire podría volar, sin considerar que el principio de la aerodinámica permitiría el deslizamiento por el aire de objetos más pesados aprovechando las resistencias del mismo aire, o aquella afirmación, también, de que no se podrían hacer barcos de hierro, porque el hierro no flota, cuando lo único que hay que tener en cuenta es el Principio de Arquímedes, al margen del material que se emplee para construir el barco... la ciencia, la de entonces, la de ahora y la de mañana, simplemente intenta asentar ideas universales en base a la experimentación utilizando los sistemas de medición y cálculo propios de cada época. Lo que ayer fue una verdad indiscutible para la ciencia, hoy ha sido masacrada por la misma ciencia. Y así seguirá siendo el día de mañana.

En este orden de cosas, la ciencia oficial de hoy niega la posibilidad de la continuidad de la conciencia, de la supervivencia de la personalidad, porque no puede aceptar que ésta se sostenga sin el soporte físico que representa el cerebro y el sistema nervioso-neuronal. Sucede que los representantes de la ciencia actual tienen una turbia visión sobre la hipótesis de la supervivencia "post morten", que resultan ser tierras bastante pantanosas e inseguras. Los instrumentos que la ciencia utiliza para conocer la realidad y la asunción de entrada de datos se limitan a los obtenidos a través de la percepción físico-sensorial y sus extensiones técnicas.

Lo que ocurre es que en nuestra empírica y tecnificada Edad Moderna, se nos ha enseñado que tales ideas, por indemostrables, han quedado relegadas, como reliquias sin valor, dentro del batiburrillo de creencias superstisciosas propias de la Edad Media. Con el grado presente de sofisticación científica no es posible admitir la idea de la comunicación del espíritu como un concepto pre-científico, sin posibilidad entonces, de interpretar los resultados de TCI en términos científicamente aceptables.

Hoy, como en los tiempos de Graham Bell, los científicos que se aproximan a las TCI nos dicen: "Si, ciertamente es un fenómeno curioso... pero para qué sirve, qué utilidad tiene", seguros ellos de tener las respuestas inmediatas que desmitifiquen y trivialicen el fenómeno a la luz de la "omnisapiente" ciencia y sus protocolos de actuación.

En ciencias, hay una forma consagrada de descubrir si una teoría es correcta.

Experimentar, experimentar y experimentar...

Más exactamente, la experimentación puede decirnos si una teoría es incorrecta, aunque nunca tengamos la certeza absoluta de que tal teoría sea correcta. Se puede demostrar un teorema matemático, pero no podemos demostrar una teoría. Karl Popper, el célebre filósofo de la ciencia, enfatizó, que una teoría científica puede ser desestimada, pero no se puede verificar. Cuanto menos falla una teoría al enfrentarla a los experimentos, más probable es que sea correcta. O al menos, más ámplio será el rango de condiciones en que funciona.

Así, a medida que se acerca el tercer milenio, los científicos (que no la ciencia) están abandonando la búsqueda de la Verdad.

Por lo dicho anteriormente, los científicos tienen mucho cuidado en no cometer errores. Pero ya no vivimos, como en tiempos de Lavoisier, o de Graham Bell, en una era de conceptos absolutos. Estamos aprendiendo, a un ritmo terriblemente lento, a tomarnos a nosotros mismos en serio.

¿Y por qué sucede estos? ¿Dónde se encuentra la dificultad para abordar estas cuestiones de manera sistemática en el intento de arrojar un poco de luz científica sobre tan inquietante dilema?

La primera y más simple razón es la de considerar que esos fenómenos no existen, que son ilusorios, y los "investigadores" que nos empeñamos en tratar sobre estos asuntos estamos condicionados por nuestras propias creencias, expectativas y deseos.

Otra posible razón es que no hay suficientes datos como para convencer a una comunidad científica, que tiene que ser conveniente y apropiadamente escéptica y posiblemente tendrá que pasar mucho tiempo y esfuerzos para crear un compendio de experiencias que sean oportunamente convincentes, apoyados en la experimentación y la comparación de resultados.

La mayoría de los científicos afirmarían que ese cúmulo de presuntas pruebas plasmadas sobre soportes físicos no representan todavía ninguna evidencia que pudiéramos catalogar de satisfactoriamente científica, como para apoyar la hipótesis de la continuación de la supervivencia a través de la transición que llamamos muerte. Esta objeción estaría basada, en gran medida, en la presunción, como dije antes, de que la conciencia con sus componentes intelectuales y trazas de memoria no son posibles en ausencia de un cerebro físico que la soporte, no pueden imaginarse que se pudiera dar tal posibilidad.

Es esencial reconocer que la ciencia actual no está todavía en condiciones de negar esa posibilidad. El enigma de la persistencia de la conciencia sin su continente físico es uno de los desafios fundamentales que la ciencia oficial debería saber aceptar. Y debe utilizar el "método científico" para incluir la conciencia y sus manifestaciones más allá de la muerte como un factor de causalidad de la que somos obviamente conscientes todos los días de nuestras vidas, abandonando el exclusivismo reduccionista tan arraigado en la comunidad científica oficial de que todo obedece a "leyes científicas inviolables", y la Intencionalidad Consciente sin apoyo material no tiene ningún lugar ni razón de ser.

El problema real entonces, no es si podemos engañarnos en las evidencias de las apreciaciones los investigadores que coleccionamos estas informaciones extraordinarias con soportes técnicos, o si alguna organización de obscuros intereses pueda estar conspirando deliberada y fraudulentamente en un engaño monumental y monstruoso. Creo que el problema real es que los tiempos presentes y sus acontecimientos extraordinarios han llegado para desafiar la suficiencia de la epistemología científica dominante, para poner a prueba hasta que punto es capaz de salir del anquilosamiento de las "verdades establecidas universalmente como inmutables", y sin despreciar éstas que sirven para el ámbito en que fueron probadas, ensanchar el horizonte e indagar con el mismo rigor y método utilizado hasta ahora en esos nuevos estadios de percepción que de momento nos transcienden.

En el modo de acondicionar mi pensamiento, procuro pertrecharme de aquellas ideas que de manera ecléctica sinteticen el compendio de conocimientos integrales que han caracterizado el pensamiento humano en la búsqueda constante a la pregunta de ¿quién soy?. Es por lo que siempre he considerado que, en esa búsqueda, la VERDADERA REVELACIÓN no vuelve jamás artificial a la Ciencia, irrazonable a la Religión, ni ilógica a la Filosofía.

 

Alfonso Galeano y José Garrido

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