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Potenciar las
dimensiones “superiores”
Actualmente no es tan fácil
identificar el llamado fenómeno OVNI sólo con aquellos sucesos
que eventualmente, y durante años, se atribuía a un hecho
espacial físico, de naves extraterrestres capaces de surcar el espacio
sideral gracias a sofisticados medios técnicos, tripuladas por entidades
alienígenas procedentes de lejanos planetas. Creemos, en realidad,
que el fenómeno ufológico -al menos en buena medida- se encuentra
mucho más cerca de nosotros de lo que nos imaginamos, formando parte
de la complejidad del psiquismo humano y su relación con la vasta
y multifacética fenomenología paranormal.
El ser humano ha necesitado siempre desarrollar aquellos aspectos o dimensiones potencialmente superiores y transcendentes que concurren en su entidad e identidad; ello se puede traducir como un intento de autoexigencia de realización personal globalizante e integradora, que le lleve más allá de las limitaciones del agobiante horizonte del consumismo y la rutina diaria, en resumen, huye de aquellos aspectos alienantes de la manipulación humana y busca proyectarse en otros horizontes y en “otros” mundos, es decir, en diferentes aspectos de la Realidad, una realidad “diferente” cuya existencia el ser humano intuye, y a la que ocasionalmente se enfrenta cuando en su entorno vital surge la emergencia de lo insólito y lo extraño.
Podríamos comentar que cabe hablar de lo Real como equivalente a lo Existente. Ello permitiría afirmar que es real un pensamiento, un sentimiento, una ilusión, un sueño... una partícula subatómica, o una onda radiofónica, pese a que tales realidades no existían para nuestros “ilustrados” abuelos. Los seres humanos no somos entidades newtonianas insignificantes y aisladas sino campos integrales del holomovimiento, es decir, somos unos microcosmos que contiene y refleja al macrocosmos. Si esto es cierto, cada ser humano tiene la posibilidad de expandir sus capacidades mucho más allá del alcance de sus sentidos y llegar a experimentar, de manera directa e inmediata, todas las facetas del universo.
Un fenómeno
integral e integrado
Jacques Vallée y Bertrand
Méheust adoptaron una posición hasta cierto punto keeliana
-la localización de fenómenos “psi” más allá
del espectro de luz que abarca desde el infrarrojo al ultravioleta-, y
en la obra del primero “Pasaporte a Magonia”, y en la del segundo “Soucupes
Volantes et Folklore”, exponen la tesis según la cual en el folklore
de la humanidad existen personajes y situaciones que hoy se reproducen
dentro del fenómeno; lo que ocurre es que en el pasado estas manifestaciones
se veían dentro de un contexto mágico y religioso, y hoy
se
ven en un contexto tecnológico. Entendiendo como tecnología
la aplicación de métodos y sistemas capaces de ofrecernos
información coherente e interpretable; pero que tanto en la expresión
cultural de las épocas pasadas y la nuestra son esencialmente lo
mismo. Hipótesis seductora en verdad, y que da mucho que pensar.
Y da que pensar porque el fenómeno se presenta en todas las épocas
de la Historia. Se adapta a los imperativos culturales y a la imaginería
de todos los tiempos. Incluso diría que juega un papel fundamental
en la evolución de nuestras religiones y en la aceptación
de las ideas que van conformando la asunción de nuevos paradigmas.
El paralelismo entre las hadas, los gnomos, elfos y duendes de la Edad
Media y los ufonautas de hoy día es sorprendente, así como
las semejanzas que se dibujan actualmente entre los “abducidos” interrogados
bajo hipnosis y las confesiones de las brujas obtenidas bajo tortura es
absolutamente fascinantes. A esto tenemos que añadir dos nuevos
elementos que subyugan, por un lado, a los investigadores de la conciencia,
que recogen episodios perinatales sufridos por sus pacientes inducidos
a un estado modificado de conciencia a través de sustancias psicotrópicas,
o a través de medios naturales como la respiración holotrópica,
en la que narran encuentros con entidades macrocéfalas de clara
inspiración extraterrestre según las descripciones de los
que dicen haber sido contactados físicamente. Por otro lado, y es
el caso que a nosotros nos ocupa, por ser investigadores casi exclusivos
de la modalidad de transvideocomunicación, dentro de las TCI - Técnicas
de Transcomunicación Instrumental- es la comprobación del
surgimiento del mismo fenómeno representado en las llamadas transimágenes,
donde aparecen en la pantalla del televisor por causa de la aplicación
de una tecnología electrónica concreta, caras que son exactas
a las clásicas descripciones de entidades extraterrestres, según
nos lo ofrece hoy el cine y otros medios gráficos, así como
rostros de supuestas entidades de fábula y leyenda, como duendes,
entidades grotescas y monstruosas, y otros personajes del llamado mundo
elemental. La particularidad de estos resultados es que, en su recepción
y registro, aparentemente no interviene directamente el experimentador,
por cuanto no manipula los mismos, sino que son los aparatos los que recogen
una información que es objetiva por su propia naturaleza.
La clave: La conciencia
humana
Hay algo que parece fundamental, y
es que todo fenómeno físico en el Universo afecta al psiquismo
humano. El papel de la conciencia aparece cada vez más como un aspecto
a tener en cuenta en la ciencia moderna. El celebre psiquiatra Carl
Jung fue el primero en establecer la conexión entre el fenómeno
ufológico y los arquetipos del Inconsciente Colectivo. Hemos
de procurar estudiar estos asuntos en el plano mítico al mismo tiempo
que se los estudia en el físico.
Es recurrente considerar, según los postulados de la moderna psicología transpersonal, que todas las teorías que nos ofrecen respuestas alternativas al pensamiento newtoniano consideran que la conciencia y la inteligencia creativa no emanan de la materia –más concretamente de la actividad neurofisiólogica del cerebro -, sino que constituyen atributos primarios de la misma existencia. Es por ello que el estudio de la conciencia –hasta ahora el hermano pobre de las ciencias físicas- está convirtiéndose rápidamente en el centro de atención de la ciencia.
Estos fenómenos, en su conjunto, representan una forma de conciencia que aun no hemos descubierto. Esta obedece a sus propias leyes y utiliza el simbolismo humano a su manera. Es posible que esta conciencia no sea humana, pero tampoco es necesariamente extraterrestre, sino que es probablemente de naturaleza inter-dimensional, aunque como sabemos la conciencia humana también es capaz de operaciones interdimensionales. Consideremos los fenómenos de pre-cognición, por ejemplo. A veces hay ufólogos que dicen: “los OVNIS no pueden ser interdimensionales porque tienen una existencia material física”. Esta es una observación absurda: un automóvil posee tres dimensiones del espacio y una dimensión del tiempo, y eso no impide que sea perfectamente físico y material. Si se pudiera operar una rotación de ese automóvil en una quinta dimensión, éste no dejaría por ello de ser un objeto físico.
Insistimos en que, a pesar de todas las especulaciones y estudios que se realizan para aprehender estos fenómenos de resultados concomitantes y aparentemente iguales en su comparación, éstos ofrecen su propia explicación a través de los tiempos, acorde con el momento cultural y tecnológico de los hombres. Se evidencia con su presencia como magos en la Edad Media, científicos julesvernescos en el siglo XIX, pilotos de aviones secretos en la década de los treinta, astronautas del espacio en nuestra ya estrenada “Era Espacial”, y entidades de origen y naturaleza desconocida, pero recurrentes en su aspecto comparativo, con ciertos resultados obtenidos a través de las novísimas técnicas de la transcomunicación instrumental.
En busca del orden
oculto
La cadena no parece detenerse aquí
y posiblemente continúe en sucesivas etapas históricas con
formas más complejas. El fenómeno se acopla a cada momento
cronológico con un camuflaje perfecto, imposible de desvelar para
un testigo de una época determinada. El estudio del elemento absurdo
y los análisis históricos de estos fenómenos nos pueden
ayudar a encontrar la clave para la solución parcial del enigma.
Casi todas las disciplinas han descubierto las limitaciones de la ciencia newtoniana y la deducción cartesiana, así como la apremiante necesidad de una visión más amplia del mundo. Gregory Bateson, por ejemplo, uno de los más originales teóricos de nuestro tiempo, desafió al pensamiento tradicional demostrando que las separaciones son ilusorias y que el funcionamiento mental que atribuimos exclusivamente a los seres humanos impregna a toda la naturaleza, incluyendo los animales, las plantas e, incluso, los sistemas inorgánicos. Su extraordinaria síntesis creativa entre la cibernética, la informática, la teoría de sistemas, los procesos de la información, la antropología, la psicología y otros campos, demostró que la mente y la naturaleza constituyen una totalidad indivisible.
Sin embargo, nos empeñamos fervientemente en separar, diseccionar y clasificar en etiquetas tranquilizadoras todos aquellos aspectos parciales de una realidad que no comprendemos en su totalidad, así inventamos extrañas nomenclaturas para todos aquellos fenómenos que escapan a las leyes físicas establecidas sin darnos cuenta que todo está ahí, representado de una manera sutil pero multifacética, tanto si lo denominamos como fenomenología OVNI, seres del transmundo, entidades de otras dimensiones, extraterrestres o transimágenes.
Ahora bien, el estudio de estos fenómenos extraños introduce fuerzas misteriosas, energías que se desencadenan ignoradas por todo acto voluntario, por toda decisión concertada. Se apoya en principios de incertidumbre, en una transgresión de todas las reglas hasta ahora bien establecidas. Estamos en pleno crimen de lesa voluntad, en pleno delito intelectual, en plena rebelión contra una ciencia que nos promete, desde hace dos siglos, una revelación completa del Universo, una conquista por el espíritu humano, de todos los enigmas de la Creación.
Lo que está en juego es grave: se nos ofrece como prima la edificación de un paraíso y la total domesticación del Cosmos, pero todo esto se disipa frente a la emergencia de misterios cada vez más complejos.
Entre las demostraciones de este tipo una de las más espectaculares es la de los adversarios de los platillos volantes, quienes descomponen las descripciones de los OVNIS de la manera siguiente: son redondos como la Luna, brillantes como la reverberación del Sol sobre un globo sonda, perforados por tragaluces como un avión, a menudo dejan huellas de quemaduras como el rayo, se desplazan siguiendo trayectorias aberrantes como fantasmas, etc.
Por lo tanto, son a la vez fantasma, rayo, avión, globo sonda, Sol, Luna... es decir, todo menos un misterio.
Esta especie de picadillo intelectual conviene seguramente a los delicados de estómagos cartesianos, ¿quizás temen tragarse una espina de sirena o una escama del monstruo del Lago Ness por equivocación?. Falta saber si la bilis cientifista (que no científica) es más envidiable que el espasmo espiritista...
A fuerza de negar lo insólito y lo increíble, corremos el grave riesgo de atrofiar poco a poco su emergencia. ¿No acabará así el hombre por condenarse a una cuarentena metafísica, horriblemente separado de las fuerzas más intensas y más dinámicas de la Creación?.
Afortunadamente la historia de las ciencias se presenta como una intrusión progresiva de la mente humana en lo maravilloso, a veces a través de un lento trabajo subterráneo, otras por bruscos saltos.
En el ámbito de lo paranormal la dificultad se halla en el papel que desempeña el psiquismo: es más fácil demostrar el carácter natural del trueno y del rayo, que proponer una explicación racional a los sueños premonitorios o el desdoblamiento. Estamos acostumbrados a considerar el triunfo del conocimiento sobre la ignorancia como una victoria de la luz sobre las tinieblas. Olvidamos un factor esencial: que al iluminar una caverna abolimos al mismo tiempo su naturaleza de caverna. Lo que descubrimos al hacerlo no es ya la sombra con sus enigmas, sus terrores, sus propiedades intrínsecas, es solamente el poder luminoso de nuestra antorcha o de nuestra linterna proyectadas sobre las paredes rocosas. Más aún: esta luz, a la que atribuimos una virtud reveladora, iniciática, nos impide adquirir el verdadero conocimiento porque disimula las cosas bajo una funda de claridad.
Creemos que, para comprender la caverna,
es preciso convertirse uno mismo en tinieblas, dejar brotar “antenas de
oscuridad sobre la propia piel”, caminar abrazando las cadencias de la
noche, rozar lo invisible con caricias negras, acompasar los latidos del
corazón a las pulsaciones del silencio, saber desalojar el reloj
secreto que marca todas las medianoches del mundo. El lenguaje del día
no puede cantar los himnos de la noche. Y, ni los caminos ni los circuitos
de la NORMA nos permitirá avanzar en la comprensión
de lo paranormal.